Los claroscuros de un gobierno de coalición

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En las cosas necesarias, la unidad;

en las dudosas, la libertad;

y en todas, la claridad.

San Agustín

No es en balde hablar de claroscuros. La palabra suele usarse con referencia a contradicciones o cuestiones contrapuestas. Se emplea para nombrar al contraste que se produce entre las sombras y la luz, para resaltar ciertos elementos, ocultando otros. El sentido de este concepto es fundamental para contextualizar el escenario de un gobierno de coalición.

El término gobierno de coalición, nos remite a una sensación positiva y de optimismo, que a su vez evoca estados de consenso, de integración y de armonía. La realidad es que materializarlos representa un proceso muy complejo que enfrenta múltiples retos. Tal cual la utilización del claroscuro en la pintura o en la fotografía, estamos ante una técnica mucho más compleja de lo que parece.

Para llegar exitosamente al puerto coalicionista, debemos comenzar reconociendo la magnitud de los retos que se asoman y que, de no procesarlos adecuadamente, podrían constituirse como los elementos centrales del fracaso de nuestras aspiraciones. Se trata, pues, de hacer un ejercicio de claroscuros. Encontrar algo que pueda brillar, para opacar las sombras que se puedan generar. Así, para producir un cuadro llamado gobierno de coalición, debemos exponer las luces y las sombras. Este ejercicio trata precisamente de eso, y para enriquecer el debate, hacemos las siguientes consideraciones:

  1.            Los argumentos para defender la construcción de un frente amplio y un gobierno de coalición son muchos y se presentan casi como de sentido común: la cooperación entre poderes y el fin de la parálisis legislativa, la gobernabilidad que permite una mayoría alineada en torno a objetivos claramente definidos, la modernización del presidencialismo autoritario, o la incipiente transición hacia un sistema parlamentario de nuestro régimen. Parece que la pregunta que debemos hacernos es obvia: ¿Para qué queremos un gobierno de coalición? ¿Cuál es su objetivo? ¿Ser eficaces? ¿Resolver problemas añejos? ¿Generar contrapesos? Hasta el momento eso no está del todo claro. Parece entonces más sensato señalar las dificultades que deberá sortear: la necesidad de encontrar pericia y sensibilidad en sus miembros, un mayor dominio del arte de la política, y, sobre todo, el establecimiento de pautas de comportamiento interno en el seno de la coalición, que deberán ser respetadas. De igual forma, implica que un gobierno -siguiendo las pautas señaladas por el famoso Centro de Documentación Internacional de Barcelona (CIDOB)- debe diseñar criterios para gestionar sus posibles crisis, debe crear órganos plurales de coordinación, clarificar sus relaciones con los grupos parlamentarios que lo apoyan, evitar el aumento de la burocracia, y compatibilizar el impulso de una acción de gobierno compartido con la identidad partidista de los miembros de la coalición. Nada fácil[1].
  2.            Paralelamente, el éxito de un gobierno de coalición requiere de construir una mayoría en las preferencias electorales. Amalgamar las necesidades de los deciles de menor ingreso y de los grupos más vulnerables con la visión y objetivos de los sectores de mayor ingreso en un sólo concepto de país, requerirá del ejercicio pleno de la política. La elemental lógica económica nos establece que en donde alguien gana, necesariamente, alguien pierde. Conceptos como la reducción de la brecha de desigualdades, la necesidad de aumentar el poder adquisitivo, de formalización de los empleos, de la redistribución de la riqueza significará, en los hechos, cerrar una brecha entre los que ganan y los que pierden. ¿Cómo garantizar la concurrencia de ambas partes en un proyecto de nación?
  3.            Debemos concebir el éxito bajo el esquema de las aproximaciones sucesivas. Si bien es cierto que un gobierno de coalición que base su éxito en priorizar los consensos por encima de las divergencias, logrará un avance dinámico, también lo es, que ese avance será limitado. Es claro que existen temas en los cuales se pueden generar acuerdos sólidos –pensemos en temas de derechos humanos, de equidad, de medio ambiente, de derechos de la infancia, por mencionar algunos-, pero existen otros en los que las diferencias ideológicas parecen irremediablemente alejadas -seguridad pública, derecho a la vida, asuntos fiscales, política social-. Si reducimos el nivel de expectativas, reconociendo que el éxito llegará consiguiendo avances graduales, encontraremos un campo de acción más sólido y amplio. El gobierno de coalición per se, no es la panacea.
  4.            No podemos perder de vista que el sistema político mexicano es presidendencialista por antonomasia. Se puede cambiar, por supuesto, pero un gobierno de coalición tendrá en el arraigo cultural, un oponente muy difícil de superar. La experiencia muestra que las coaliciones de gobierno son bastante más frecuentes en regímenes parlamentarios. Más importante aún es que los datos muestran -ya no digamos en Europa, sino en las experiencias en Uruguay o en Chile- que las coaliciones formadas en sistemas presidencialistas logran mayorías parlamentarias en menos ocasiones que en los sistemas parlamentarios. En nuestra idiosincrasia, hay muchos ingredientes que nos llevará mucho esfuerzo erradicar, y todas ellas tienen que ver con el paternalismo del sistema presidencialista, con la disciplina y con el culto a los individuos por sobre las instituciones. Transformar un régimen requiere de una gran transformación cultural.
  5.            Es necesario nulificar el argumento que nos dice que este tipo de ejercicios son inéditos en México. En la historia reciente han existido ya experiencias de gobiernos de coalición a nivel estatal. Están los casos de Puebla, Sonora, Veracruz y Quintana Roo. ¿Qué hace pensar que los problemas que se presentaron localmente no se replicarán a nivel nacional? El problema con los ejercicios de poder compartido es que se corre el riesgo de suponer la existencia de un arreglo institucional ideal, lo cual no existe. Suponer que cada uno de los actores políticos respetará las reglas del acuerdo, es altamente improbable.
  6.            El principal argumento a favor de un gobierno de coalición es que generaría incentivos para lograr acuerdos con el Congreso, rompiendo la parálisis legislativa, logrando con ello un escenario favorable para la sinergia entre poderes. Sin embargo, existe evidencia que pudiese cuestionar ese escenario. La relación entre coaliciones y éxito legislativo es, por lo menos, dudosa. En Chile, el gobierno de Sebastián Piñera -sin mayoría parlamentaria- logró sacar adelante sus reformas de forma más exitosa que los gobiernos de coalición anteriores, siendo que estos tenían mayoría parlamentaria. Actualmente, la presidenta Bachelet, que lidera un gobierno en coalición, ha enfrentado múltiples problemas a la hora de abordar la reforma educativa. Contra los gobiernos de coalición chilenos se puede decir algo grave y cierto: no han logrado cambiar la Constitución que Pinochet y sus militares redactaron.
  7.            La idea de que un gobierno de coalición obtenga rápidamente su ratificación parlamentaria, es también cuestionable. La ratificación es una decisión política, no técnica. Después de cierto número de rechazos en el Congreso, quien esté al frente del Poder Ejecutivo contará con las justificaciones para elegir soberanamente al titular que mejor represente sus intereses individuales. Fijémonos en la solicitud de renuncia que recientemente se le pidió a Gerardo Ruíz Esparza por el socavón del Paso Exprés en Cuernavaca. ¿Lo ha removido el Presidente a pesar de que lo han pedido los grupos en el Congreso?
  8.            Cuando se gobierna mal, ¿quién es el responsable? En un gobierno de coalición el responsable de las políticas se vuelve menos identificable, al igual que la asignación de responsabilidades. Pensemos por un momento en un hecho desafortunado del presente cercano. De nueva cuenta, la historia del socavón en Cuernavaca es el perfecto ejemplo de como la ausencia de responsabilidades puede desembocar en una crisis política. Reconocer responsabilidades es promover la rendición de cuentas.
  9.            Sigamos con la rendición de cuentas. Supongamos que efectivamente, el gobierno de coalición garantizara una mayoría parlamentaria: que el Congreso pierda su papel de contrapeso al Ejecutivo es algo especialmente negativo. Ya tuvimos experiencia en Congresos sumisos en donde la división de poderes se convertía en una ilusión. En el extremo opuesto, y aunque se antoje como una posibilidad muy distante, el gobierno de coalición podría convertirse también en un organismo autoritario tal y como sucedía en el presidencialismo. Es vital saber diferenciar claramente el autoritarismo con firmeza en el ejercicio de gobierno.
  10.            La democracia moderna se sustenta en un juego entre gobierno y oposición. En ese juego, cada que uno se equivoca, existe la posibilidad de una alternancia. Ello garantiza que no se perpetúen crisis del régimen. En un escenario de gobierno de coalición, la propia naturaleza del gobierno -que agruparía a varios partidos- significaría que una crisis puede convertirse en una crisis sistémica. ¿Cómo generar limitantes a la posibilidad de que el poder compartido en un gobierno de coalición no se reedite a sí mismo?
  11.            Una reflexión obligada nos guía hacia el papel de los partidos políticos. En muchos sentidos, los partidos son en sí mismos ejercicios de coalición, comparten principios, programas, reglas y hasta mecanismos de sanción para quienes se aparten del cumplimiento de los estatutos. La evidencia nos demuestra que en la percepción ciudadana, esos ejercicios de micro coaliciones están en crisis. Dejar en manos exclusivas de los partidos la conducción de un tema tan importante, sería de una enorme irresponsabilidad ciudadana. ¿O acaso seremos capaces de resolver lo más, si hemos demostrado no poder hacerlo con lo menos?

La ruta de la construcción de un gobierno de coalición debe trascender de las buenas intenciones y la palabra, hacia la construcción de un programa claro y sin ambigüedades. No es posible pensar en que existirán probabilidades de éxito sin esas definiciones básicas. Cada una de las convergencias deberá ser plasmada en un documento que lo vincule obligatoriamente con su ejecución en un Plan Nacional de Desarrollo, mismo que debe ser ambicioso, pero realista y deberá establecer las responsabilidades de cada uno de los poderes de la unión. Los contrapesos requeridos en la vida institucional de nuestro país quedarán definidos al establecer responsabilidades. En tanto cada quien sepa lo que tiene que hacer en sus respectivos ámbitos, las probabilidades de éxito serán mayores.

Los antiguos ciudadanos de Atenas solían preguntarle al sabio Solón: ¿Cuál es la mejor constitución? Él solía contestar: díganme primero para qué pueblo y para qué época. Lo mismo pasa con los gobiernos de coalición. ¿Está preparada la ciudadanía? ¿Es el momento justo para una propuesta así? ¿Es lo que México necesita?

Responder a estos cuestionamientos es el gran reto para replantearnos colectivamente el futuro de nuestro país.

[1]      J.  Reniú, Los gobiernos de coalición en los sistemas presidenciales de Latinoamérica. Elementos para el debate. CIDOB, 2008, Disponible en:

www.cidob.org/es/content/download/7394/73340/file/doc_americalatina_25.pdf

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