Cuando pase el temblor

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En la Ciudad de México han ocurrido cuatro terremotos con edificios destruidos y muertos. Los cuatro han sido en los últimos 85 años y separados por aproximadamente 30 años (1932, 1957, 1985 y 2017). ¿Cuál es la probabilidad estadística de que suceda un siniestro dos horas después de un simulacro? ¿Y cuál la probabilidad de que en la misma fecha del sismo más devastador de la historia reciente de una ciudad, pero tres décadas después, vuelva a suceder?

La probabilidad era de uno entre 66 mil 430 (no 5% como salió en algunos medios). También, otra forma de mirarlo es que al ocurrir el sismo de 1985, se podrían “resetear” las probabilidades, y en este momento es de uno entre 365 de que vuelva a caer en 19 de septiembre el próximo, curiosamente. Es decir, considerándolo como evento aislado, es igual de probable que cualquier otro día, pero considerándolo en serie, es casi imposible. Es “casi” imposible. Y, sin embargo, sucedió en la Ciudad de México, el pasado martes 19 de septiembre, cuando se cumplían exactamente 32 años del devastador temblor de 1985. Con respecto a ese sismo, hay unas cuantas diferencias importantes:

La magnitud. En 1985 el sismo alcanzó una duración de dos minutos, y tuvo una magnitud de 8.5 grados. Derrumbó un total de 400 edificios y dejó a otro millar listos para ser demolidos. Se destruyeron líneas telefónicas y telegráficas, la electricidad fue cortada, el transporte se colapsó dejando a la ciudad durante horas comunicada con el exterior sólo mediante radios de onda corta y carretera. El número preciso de muertos, heridos y daños materiales nunca se conoció, y sólo existen estimaciones que van desde los 3 mil 192 (cifra oficial) hasta las 20 mil.

Los daños fueron calculados en 8 mil millones de dólares, 250 mil personas sin casa y 900 mil que tuvieron que abandonar sus hogares. Ha sido el más significativo y mortífero de la historia escrita la capital. Por contra, el sismo de 2017 fue de menor intensidad, aunque con un epicentro mucho más cercano a la ciudad. El nivel de destrucción no ha llegado a un tercio de lo que fue el de 85. Por ejemplo, en diversas zonas de la ciudad la luz nunca se cortó ni hubo fallas en el servicio de internet. Aunque los datos del Instituto de Ingeniería sostienen que hubo una mayor aceleración máxima estimada del suelo durante el temblor de 2017, en comparación con el de hace 32 años. Lo que sí es cierto es que los sismos del 19 de septiembre, o 19S, han demostrado que la Ciudad de México está construida en el peor sitio posible, encima del barroso fondo de un lago, con el suelo blando que recibe, rebota y amplifica las ondas sísmicas como en ninguna otra urbe del mundo. La gran leyenda de su fundación es también su desgracia.

Las redes sociales. Toda respuesta a una contingencia seria es desorganizada por naturaleza. Lo que se aprende en un momento y se instala en los protocolos, se vuelve anticuado en la siguiente situación de emergencia, porque las circunstancias cambian. En el terremoto de 2017 todo el mundo tiene un celular, y las redes socia- les, y la necesidad de información inmediata es una demanda que no existió en 1985. Nos tenemos que adaptar a los tiempos y vivir con ello. Nos estamos acostumbrando a la información inmediata, y a querer saber todo al instante. Eso no es algo que suceda en una contingencia de la magnitud de la que hemos vivido estos días. Todos estamos ávidos de noticias, y las empresas de la comunicación nos tienen que alimentar, sin que ellos mismos, ni nadie tengan la información.

Reality Show como cobertura mediática.

Todo mundo recuerda la narración de Jacobo Zabludovsky, describiendo el desastre en la Ciudad de México en 1985. Ahora, la historia de la niña Frida Sofía, con la colaboración desafortunada y probablemente no buscada de un par de almirantes de la Marina, dio como sensación el estar observando un programa de espectáculo macabro en tiempo real. El asunto no acabó ahí, luego la televisión nos bombardeó con el rescate de animales de compañía, que fue descrito con una amplitud y detalle remarcable. Más tarde la discusión sobre si los partidos políticos deberían de donar sus ingresos públicos para las campañas (como si eso fuera ayudar de forma definitiva a la reconstrucción del desastre). Finalmente, las desafortunadas apariciones de algunos actores políticos, como el presidente Peña Nieto y el gobernador Graco Ramírez (cuya esposa ha sido acusada de lucrar con los donativos), que más que acompañar a los damnificados o facilitar información oportuna, pareciera que se encontraran en campaña política.

¿Qué sucede ahora que ha pasado el temblor?

El profesor Felipe López Veneroni recuerda que Denis de Rougemont sostuvo que “no estamos aquí para adivinar el futuro, sino para construirlo”, una frase más que aplicable a la coyuntura de la ciudad. Con todo lo dramático que han sido estos últimos días, conviene recordar que lo que emprendamos ahora es lo que definirá históricamente al 19 de septiembre de 2017. Queda, por decirlo de forma cruda, lo peor:

1. La búsqueda y ubicación de los des- parecidos.

2. La atención a damnificados que probablemente rebase el millón de personas en las entidades afectadas.

3. Los cuidados médicos y terapias de rehabilitación física y mental a los afectados.

4. El deslinde de responsabilidades y las acciones jurídicas que correspondan, dado que algunos edificios que colapsaron no tenían ni cinco años. Las constructoras, responsables de obras y servidores públicos que autorizaron los trabajos deberán responder por sus actos. Otros, como en el caso de la escuela Rébsamen o el Tec. de Monterrey, campus CDMX (que parece que apuntan a la desatención de protocolos de Protección Civil) deberán asumir sus responsabilidades por ello.

5. La respuesta, si la hubiere, de las aseguradoras.

6. La elaboración de estudios geológicos más rigurosos, que impacten tanto en las normas de construcción, como en las políticas de densificación social.

7. La aplicación rigurosa de los Planes de Desarrollo Urbano y una verificación por etapas a las construcciones de la Ciudad.

Como se puede ver, es una tarea nada fácil.

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