Para corruptos, los mexicanos

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México es el país más corrupto de América Latina, según los datos del informe “Las personas y la corrupción: América Latina y el Caribe”, realizado por la célebre organización Transparencia Internacional (TI). De este estudio llaman la atención varias cosas:

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A. En primer lugar, TI ha hecho una metodología diferenciada del Índice de Percepción de la Corrupción. En este estudio, se pregunta por la “experiencia personal” de personas corrientes, mientras que para el índice se interroga a expertos.

B. México es el país donde más sobornos se pagan. El 51% de ciudadanos encuestados en México admitió haber pagado en los últimos 12 meses algún soborno, contra 11% que lo hizo en Brasil o 22% en Chile. México es seguido por República Dominicana, con 46%; Perú, con 39%; Venezuela, con 38%, y Panamá, con 38 por ciento.

C. Dos tercios de encuestados consideran que la corrupción ha aumentado en los últimos 12 meses, aunque con diferencias entre países: mientras en Venezuela, 87% cree que ha crecido, en Argentina sólo 41% lo percibe así. En México, 61% cree que el problema ha aumentado.

La percepción generalizada de la corrupción en México es que esta práctica está en aumento, que el gobierno no la combate con determinación, y que casi un tercio de quienes las denuncian sufre represalias. Por lo tanto, es bueno preguntarse qué efectos tiene la corrupción en un país como el nuestro. Algunos de los que se me ocurren son:

1. La corrupción significa la ausencia de igualdad de oportunidades para todos. La corrupción y la desigualdad se refuerzan mutuamente, creando un círculo vicioso entre corrupción, reparto desigual del poder en la sociedad y desigualdad en la distribución de la riqueza. Los casos de corrupción a gran escala muestran cómo la colusión entre empresas y políticos arrebata a las economías nacionales miles de millones de dólares de ingresos que se desvían para beneficiar a unos pocos, a costa de la mayoría. Este tipo de corrupción a gran escala y sistémica redunda en violaciones de derechos humanos, frena el desarrollo sostenible y favorece la exclusión social. Los Papeles de Panamá, por ejemplo, mostraron que para los ricos y poderosos sigue siendo demasiado sencillo aprovechar la opacidad del sistema financiero global para enriquecerse, en desmedro del bien común.

2. La corrupción impide combatir eficazmente la pobreza. Pareciera que la corrupción fuera un tema institucional o penal, y la pobreza, un tema económico. Y que no hubiese vasos comunicantes entre ellos. Los datos puros y duros son contunden- tes: la corrupción no sólo mata, sino que también pauperiza, enferma e impide el desarrollo económico y humano. Los países que encabezan los rankings en materia de desarrollo humano, como Noruega, Suiza, Holanda o Canadá, son también los que son percibidos como más transparentes y menos corruptos. A mayor corrupción, mayor pobreza y menor desarrollo humano. Recientes investigaciones revelaron que un incremento en la corrupción de un punto en una escala de 10 (altamente honesto) a, 0 (altamente corrupto), baja la productividad en 4% del PBI y hace disminuir los flujos netos anuales de capital en 0.5% del PBI. Una mejoría respecto de la corrupción en 6 puntos del índice de percepción de la corrupción incrementa el PBI en más de 20%, y aumenta los flujos netos de capital a alrededor de 3% del PBI. En múltiples análisis del Banco Mundial queda demostrado que en países con niveles altos de corrupción, la inversión promedio (medida en relación con el PBI) es casi 9 puntos inferior a la de los países más transparentes. Esta brecha se traduce en bajo crecimiento y elevadas tasas de desempleo.

3. El populismo no siempre es una solución errada. Las personas ya están cansadas de las promesas vacías de muchos políticos que aseveran que combatirán la corrupción, por lo que muchos optan por apoyar a políticos populistas que aseguran que podrán cambiar el sistema y terminar con el ciclo de corrupción y prebendas. Sin embargo, lo más probable es que esto no haga más que agudizar el problema. El punto, según TI, es el siguiente: en vez de combatir el ‘capitalismo clientelista’, estos líderes por lo general instalan sistemas ineficaces y cortoplacistas. Evidentemente, solamente si existe libertad de expresión, transparencia en todos los procesos políticos e instituciones democráticas sólidas, la sociedad civil y los medios de comunicación podrán exigir que quienes están en el poder rindan cuentas por sus actos y será posible combatir con éxito la corrupción.

En el debate sobre la lucha contra la corrupción, no basta con realizar ajustes técnicos a leyes específicas contra la corrupción, como ahora con el Sistema Nacional Anticorrupción. Se necesita implementar con urgencia una claridad sistémica profunda -llamar a las cosas por su nombre y no andar aplicando leyes a modo-, que puedan contrarrestar el creciente desequilibrio de poder y riqueza, empoderando a los ciudadanos para que pongan freno a la impunidad generalizada por la corrupción, exijan que los poderosos rindan cuentas y realmente tengan voz en las decisiones que afectan su vida diaria. Esta claridad debe ser integral, incluyendo la divulgación, a través de registros públicos, de quiénes son los verdaderos titulares de sociedades, así como sanciones para los profesionales que facilitan estas operaciones y son cómplices en el movimiento de flujos de dinero corrupto de manera transfronteriza.

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Para descargar la versión completa, del periódico Unomásuno. Da click a la portada.

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