Igualdad

PABLO TREJO CON SENTIDO

En toda la prensa mundial hemos podido leer los diversos escándalos de acoso sexual que se han dado en la industria del entretenimiento en los Estados Unidos. También hemos, incluso, visto a la célebre Oprah pronunciar un discurso en post de la igualdad y contra el abuso. También, desde el otro lado del Atlántico, en Francia, un grupo de mujeres se ha metido en la polémica pidiendo no caer en situaciones totalitarias.

Por ello, es importante la publicación de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) sobre el tema de la igualdad entre hombres y mujeres, ¿Quién cuida en la ciudad? Aportes para políticas urbanas de igualdad. Se parte de que las ciudades ocupan un lugar central en la planificación para impulsar el progreso de sus habitantes, mejorar sus condiciones de vida y garantizar sus derechos. Es en ese territorio donde mujeres y hombres tienen distintas necesidades y aspiraciones en el espacio urbano y desiguales oportunidades de acceder a los bienes y recursos de la ciudad, particularmente debido a la división sexual del trabajo. ¿Cómo cuidar a las mujeres, en esa situación? La Ciudad de México, con su experiencia, tiene mucho que decir al respecto.

En este escenario, las demandas de cuidado han pasado de la esfera privada de las familias a la necesidad de ser abordadas por la esfera pública de las políticas. Este paso debiera darse de la mano de la incorporación de la perspectiva de igualdad género y de derechos en la planificación territorial de los servicios de cuidado.

Las encuestas de uso del tiempo demuestran que las mujeres trabajan más que los hombres de manera no remunerada, sobre todo en tareas de cuidado. En Ciudad de México, por ejemplo, las mujeres dedican al trabajo no remunerado un promedio de 43.8 horas semanales, 25.9 más que los hombres. Si ello se analiza según quintiles, las mujeres, en cada uno de ellos, trabajan no remuneradamente más tiempo que los hombres, destacándose la brecha de género en el primer quintil, donde las mujeres dedican en promedio 32 horas semanales más que ellos.

Las distancias entre los hogares y los lugares de estudio y de trabajo, el acceso y la calidad de la movilidad y el transporte público, así como los horarios de los servicios públicos inciden en las opciones de las mujeres frente al trabajo remunerado, al igual que en el uso y disfrute de la ciudad, lo que afecta su autonomía.

El logro de la autonomía económica de las mujeres, su mayor participación en el mercado laboral, el acceso a ingresos propios y una distribución equitativa en el uso del tiempo, implica acceder en iguales condiciones a los servicios y a la infraestructura de las ciudades, lo que constituye parte importante del soporte físico y espacial de la vida cotidiana de hombres y mujeres. Para ellas, la calidad, la mejora en las frecuencias, los costos del transporte son particularmente importantes en la elección de su ocupación laboral, cuando deben compatibilizarla con sus obligaciones familiares.

Sumado a lo anterior, en la Ciudad de México, el 30.3% de las mujeres no tiene acceso a ingresos propios comparado con 9.4% de los hombres y, por cada 100 hombres de 20 a 59 años de edad en situación de pobreza hay 125.6 mujeres en la misma situación. En Montevideo, 1 de cada 5 mujeres carece de ingresos propios frente a más de 1 de cada 10 hombres, lo que se acentúa en el caso del quintil de más bajos ingresos. La reducción del número de mujeres sin ingresos propios en América Latina es un imperativo para la promoción de su autonomía económica.

Mejorar las ofertas y condiciones de las personas en la ciudad y favorecer la autonomía económica de las mujeres implica que las políticas públicas aborden la creciente segregación social y espacial, considerando la necesidad de compatibilizar los tiempos domésticos familiares y los del trabajo remunerado. Ello implica:

  • Articular y coordinar las políticas de cuidados con políticas urbanas que promuevan la autonomía económica de las mujeres: empleo; movilidad, seguridad en los espacios públicos, entre otras.
  • Elaborar estadísticas de género, que incorporen la dimensión territorial.
  • Promover la orientación de políticas de cuidados desde una perspectiva que apunte a la corresponsabilidad entre Estado, mercado, familias, y comunidad, así como entre mujeres y hombres.
  • Impulsar políticas de cuidado e incrementar recursos financieros y humanos para mayor cobertura y mejoramiento de los servicios de cuidados a nivel local, considerando los derechos de las cuidadoras y la calidad del empleo de las personas que trabajan en estos servicios.

Como se puede ver, aún falta mucho por hacer y ahora que inician las campañas es buen momento para recordarlo.

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