Todos podemos ser un peligro para México

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Existe entre los analistas económicos, una especie de desasosiego por la incertidumbre económica que se avizora en nuestro país, la cual se debe en gran medida a dos temas torales: por un lado, el letargo en que se encuentran las negociaciones para la firma del nuevo Tratado de Libre Comercio con nuestros vecinos del norte -para lo cual, dicho sea de paso, poco podemos hacer por destrabar, a menos que estemos dispuestos a ceder a los disparates y excesos de Donald Trump-, y por otro, el riesgo latente de descomposición social que podría acarrear una mala conducción de todos los actores políticos y sociales en nuestro próximo proceso electoral.

Si bien es cierto que contamos con un sis- tema electoral sólido, con reglas del juego claras y con una apertura que nos ha hecho merecedores del reconocimiento internacional en materia de desarrollo de procesos electorales, también es cierto que en muchos rincones del país, las reglas parecen estar ausentes o ajenas del control institucional y del escrutinio público. La próxima elección presidencial tendrá sus episodios más aguerridos y folclóricos en esas pequeñas comunidades del interior del país en donde la influencia de los cacicazgos regionales y los excesos de las autoridades en esos niveles de gobierno pueden influir de manera directa a costa de la libre voluntad ciudadana. Evidentemente, este juego no es exclusivo de alguno de los partidos políticos que participan en la contienda, y sí es parte de la más rancia y añeja cultura política mexicana, esa que imita el estilo de la película la Ley de Herodes. Si no somos capaces de poner freno a esos pequeños excesos locales, podemos estar alimentando la posibilidad de una gran descomposición social nociva para todos.

La preocupación de los analistas sobre los posibles efectos negativos que pudiesen surgir de nuestro próximo proceso electoral, no tiene nada que ver con quien gane o con quien pierda las elecciones, y sí, en cambio, con la forma en la que el proceso se lleve a cabo, es decir, ninguno de los tres principales candidatos representa per se un peligro para México, siempre y cuando se respete la voluntad popular.

Ahora bien, en sentido estricto económico, el proceso electoral contribuirá a dinamizar la actividad económica del país durante el primer semestre. Las campañas políticas se constituyen también como una fuente generadora de empleos y son capaces de generar un mini efecto multiplicador en ciertos sectores de nuestra economía. Desafortunadamente, ese impulso se terminará concluyendo el proceso electoral, y si a ello agregamos el riesgo latente de un conflicto social, la intranquilidad de los inversionistas, es perfectamente entendible.

Si los mexicanos no somos capaces de encauzar nuestras pasiones políticas, si nuestras autoridades no se concientizan sobre su papel histórico en el rumbo del país, si los medios de comunicación no asumen que tienen una responsabilidad social y si nuestros políticos no se conducen con verdad, serenidad, madurez y ética, al final, todos podremos convertirnos en un verdadero peligro para México.

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Da click en la portada para descargar la versión completa del periódico Unomásuno:

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