¿Se puede ser muy transparente y muy corrupto a la vez?

En nuestro país, no hay un solo día en que abramos los periódicos, encendamos la televisión o sintonicemos nuestra estación favorita de radio, sin que de inmediato nos topemos con alguna referencia a un nuevo caso de corrupción. Desafortunadamente, eso se ha convertido en parte de nuestra normalidad, en la que hemos engrosado nuestro bagaje cultural con palabras como fraude, malversación, evasión, desvío de recursos, triangulación y estafa, todas ellas asociadas indisolublemente a la esfera de lo público y al ámbito de la política.

Recuerdo que hasta no hace mucho tiempo, nuestro tradicional concepto de la corrupción nos transportaba a las “mordidas” para que los policías nos perdonaran algún pecado de tránsito, o al “apoyo” que teníamos que dar si requeríamos acelerar algún trámite en alguna dependencia pública. Evidentemente, esas modalidades son cosas del pasado y palidecen frente a las formas y montos que día a día descubrimos.

Transparencia Internacional, una prestigiosa organización no gubernamental, no partidista, y sin fines de lucro, dedicada a combatir la corrupción a nivel nacional e internacional, elabora año con año un trabajo que intenta medir la percepción sobre los niveles de corrupción en 180 países. La percepción, es una sensación, una impresión subjetiva que se tiene sobre algo en específico, y a diferencia de otros estudios que se elaboran tomando como base datos duros o elementos técnicos, el de Transparencia Internacional sólo se centra en esa parte emotiva que refleja de un modo categórico lo que la gente cree.

Por ello, no sorprende en lo absoluto que en los resultados del ejercicio correspondiente a 2017, nuestro país, se ubique en la posición número 135 de 180 países evaluados. A nivel regional, nos colocamos entre las peores posiciones de América Latina y el Caribe, por debajo de Brasil, Argentina, y Colombia; y ocupando la misma posición que Honduras y Paraguay. Somos, además el país peor evaluado tanto del G20 como de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE).

Lo que más llama la atención es que en el informe de Transparencia Internacional, se destaca un asunto por demás interesante: en el Índice de Transparencia Presupuestaria 2017, publicado por la Open Budget Partnership, México ocupó el 6° lugar de 102 países, posicionándose como el país más transparente del continente americano, incluso por encima de Canadá y Estados Unidos, lo que significa que hemos logrado una dualidad aparentemente contradictoria: somos muy transparentes, pero muy corruptos a la vez.

Desde hace algunos años hemos sostenido la tesis de que los efectos de la transparencia están sobrevalorados, y para ello utilizamos un escenario imaginario en donde podíamos observar a un grupo de ratas comiendo queso en una pecera sucia, opaca y oscura. Si a esas mismas ratas las movemos a una pecera de cristal, nítida, iluminada y limpia, podíamos observarlas mucho mejor, comiendo el mismo queso. El que podamos observarlas mucho mejor, ¿Cambia acaso lo que están haciendo? ¿Dejaron de comer queso sólo por sentirse observadas? ¿Sirve de algo limitarnos a limpiar el cristal?

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Da click en la portada para descargar la versión completa del periódico Unomásuno:

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