La UNAM, la seguridad y el debate que viene

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La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la máxima casa de estudios del país, y la más importante en América Latina, se ha visto sometida este último mes a la polémica por la inseguridad: dos jóvenes muertos por el narcotráfico, en pleno día de clases en el campus. Evidentemente, ese hecho -aunado los asesinatos de Lesvy Berlín Rivera, Luis Roberto Malagón y Carlos Sinuhé Cuevas tiempo atrás- ha hecho que la polémica sobre la Seguridad llegue a la institución, algo impensable hace unos años. Sin embargo, estos acontecimientos, obligan a repensar el papel y el significado dentro de la autonomía de la Universidad. La autonomía se ejerce cuando la institución resuelve cómo va a gestionar sus espacios, agenda y trabajo, y sus estrategias para administrar sus problemas. La coordinación y acciones deben ser propuestas, deseadas y decididas únicamente por la Universidad.

La autonomía es un concepto que ha sido malinterpretado durante mucho tiempo. En estricto sentido, le fue concedida para aspectos administrativos como libertad de cátedra, tener y decidir sobre su propio presupuesto, y para poder cumplir cualquiera de sus funciones sustantivas. La autonomía no significa un Estado dentro de la Ciudad de México. Forma parte de lo que está dentro de los límites que conocemos y que marca la Constitución. No puede haber una disposición distinta. La autonomía no está en el hecho de que se impida el acceso al Estado de derecho. Lo que la Constitución marca es el que también se debe observar dentro de la Ciudad Universitaria.

Hay un ejemplo, en el ámbito de la fiscalización, que podría servir para esta situación. La Autonomía Universitaria no se vulnera cuando la Auditoría Superior de la Federación revisa el presupuesto universitario. El mismo principio jurídico podría aplicarse, dado el caso, con el tema de la Seguridad.

En este debate, a geografía de la UNAM también es importante. Sonará obvio, pero la UNAM se encuentra en un contexto urbano inseguro, lo que implica que ahí también se cometan ilícitos, entre ellos el narcomenudeo. El narcomenudeo ha convivido con la rutina de la vida universitaria sin dar grandes problemas, sin reproducir lo que sucedía en otras partes del país.

El principal miedo es que salga más caro el caldo que las albóndigas. Es decir, que la violencia obligue a tomar medidas como el ingreso de la policía al campus. La imagen de agentes armados patrullando los espacios comunes despierta los demonios de las etapas más represivas contra estudiantes del templo académico mexicano, como ocurrió en 1968 y al final de la huelga estudiantil, en el año 2000. El sistema de seguridad del centro se resume en grupos de patrullas de vigilancia, con oficiales sin pistola, y en cámaras de vídeo. Una escena poco común en el resto de la capital, que cuenta con 678 policías por cada 100,000 habitantes. Justamente, este último argumento es el utilizado por Lomelí, el Secretario General de la UNAM, para negarse a que entren los cuerpos policíacos: no creemos conveniente que ingresen los cuerpos policíacos a que se hagan cargo de la seguridad de la Universidad, entre otras razones, porque no hemos visto que haya sido la solución en otras partes de la Ciudad de México.

Hay soluciones parciales que pudieran establecerse, como lo han dicho en  Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad: por ejemplo mayor presencia de agentes de la Policía Bancaria Industrial (PBI), pero a grandes rasgos, la Universidad debe hacer énfasis en que si no quiere repetir los errores de la Federación, debe confiar en aquello que la hace especial: el conocimiento y la inteligencia. Eso significa un par de medidas:

  1. Mantener la vigilancia permanente en las inmediaciones y en los accesos a las instalaciones universitarias por parte de elementos de seguridad pública.
  2. Incrementar la vigilancia y el patrullaje por las noches en las instalaciones universitarias.
  3. Extender y reforzar la iluminación en distintas zonas de los campus. A la par, en espacios identificados como vulnerables, es necesario imponer cámaras de seguridad conectadas a la policía de la Ciudad.
  4. Instalar nuevas y modernas bases de vigilancia.
  5. Ubicar botones de emergencia para el rápido auxilio a la comunidad.

Nada de esto garantiza que una situación como la vivida en la Universidad no se pueda repetir, pero sí garantiza que la reacción podrá ser más rápida y eficiente. La prevención si hay que dejarla en manos los maestros y académicos, encargados de mostrar a los alumnos que la fuerza no conduce nunca a nada.

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