Austeridad y neoliberalismo

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La pregunta que han lanzado varios teóricos y especialistas sobre economía es si Andrés Manuel López Obrador es neoliberal. Arguyen que el concepto de austeridad está íntimamente ligado a dicha doctrina del pensamiento económico e incluso ponen de ejemplo lo sucedido en Europa con los países PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España por sus siglas en inglés) cuando, en medio de la la crisis del 2008, la Comisión Europea obligó a esos países a hacer ajustes importantes en el gasto público.

En la red están los escritos de Sen, Krugman o Stiglitz sobre los efectos de la austeridad. ¿Cuál es la diferencia entre la austeridad republicana y la neoliberal, más allá de los objetivos que persiguen? Pregunta difícil de responder. La política neoliberal (o neoclásica) plantea que, si el Estado no interviene, la economía se puede autorregular.

Esta definición tiene como fin adelgazar al Estado, hacerlo más eficiente. Por ello, una de las primeras medidas es justamente el recorte al gasto público. Su objetivo, argumentan los “especialistas” de estas instituciones al servicio de las grandes transnacionales, es que los Estados no gasten más de lo que recaudan para de esta forma no generar déficits que después tengan que cubrirse con deuda. De este modo, los gobiernos neoliberales ajustan los presupuestos a salud, cultura, educación, investigación, apoyos sociales a sectores vulnerables, gasto en infraestructura, etc.

Esta premisa parte del supuesto que regulación del gasto público permitirá liberar fondos para sacar a un país de la crisis. Paul Krugman, en un artículo muy recordado del New York Times, recurrió al pensamiento de Samuelson para explicar que la austeridad, cuando hay riesgo de recesión, es una pésima idea. Ejemplos hay varios a lo largo de la historia reciente. Grecia, por decir lo menos. Entonces, “Austeridad Republicana” y “Estado de bienestar” son una contradicción en los términos.

En los marcos de la austeridad, no es alcanzable el bienestar social generalizado. Como directrices de ésta, el combate a la corrupción y el ataque a los privilegios anidados en las altas esferas de la función pública, si bien necesarios y si se quiere, hasta encomiables, no son suficientes para financiar desarrollo ni para revertir desigualdades.

El otro eje en que impacta la nueva política de austeridad se encuentra en las funciones sociales del Estado, profundamente deterioradas por los planes de ajuste y estabilización en décadas de neoliberalismo. De este eje, ya se observan sus efectos en grandes contingentes de trabajadores del servicio del Estado, a los que se les golpean sus derechos laborales y condiciones de vida: despidos masivos, recortes salariales, contratos eventuales, inestabilidad laboral, falta de seguridad social, etc.

Su principal efecto sobre la sociedad podría ser la dramática reproducción del hiato social que el diluvio neoliberal abrió: deterioro de los servicios públicos (educación, salud, agua, cultura, preservación del medio ambiente, etc.), riesgos de parálisis, desaparición y deterioro de programas sociales, exclusión, individualización y más penuria social.

Precisamente cuando la sociedad precisa de un Estado amplio, fuerte, la tendencia es su contraria. De hecho ya se están viendo algunos efectos en ese sentido: el subejercicio anunciado en días recientes no es benéfico para la economía, ni para la función pública. Sobre todo ante la evidente dependencia de las microempresas -de quienes depende la mayoría del empleo en el país- del gasto público.

La fórmula parece ser la siguiente: austeridad = cero crecimiento =crisis y desempleo. Por más que se repita, un Estado austero no puede ser eje de “desarrollo”. Par paliar estos efectos a largo plazo sobre el país, se debería establecer una reforma fiscal que cobre impuestos progresivos a las grandes empresas.

También habrá que imponer la reducción o redireccionamiento de el presupuesto asignado al ejército (el cual, si se mantiene en activo y no en sus cuarteles, aumenta enormemente los gastos), a las policías y otras instituciones como la recién creada Guardia Nacional. De momento, la austeridad como tal sólo trae efectos negativos que amplían aún más el desajuste heredado.

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